Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Hallábase en el claro de un bosquecillo de pinabetes cuyas sombras indicaban lo muy avanzado de la tarde. Percibió el acre olor a leña quemada, y cerca oyó a los caballos paciendo la alta hierba. Un rumor de voces la hizo volver la cabeza. Alrededor de una hoguera hallábase sentado un grupo de hombres devorando como lobos. El aspecto de sus captores hizo cerrar los ojos a Magdalena; mas la fascinación, el terror que sobre ella ejercían fue tan fuerte que los abrió de nuevo. Eran en su mayor parte mejicanos cenceños, de barbas ralas, de tez cobriza, escuálidos y famélicos. Fuesen lo que fuesen, tenían hambre y sufrían miseria. Algunos gastaban bufandas, todos carecían de chaqueta. Los menos ceñían cananas con escasos cartuchos. Unos pocos iban armados de revólver, y eran éstos de diversas formas. Magdalena no pudo ver ni fardería, ni mantas, y sí sólo algunos útiles de cocina, abollados y ennegrecidos. Sus pupilas se clavaron en unos individuos a los que supuso blancos; pero esto lo dedujo más por sus rasgos fisonómicos que por el colorido de su tez. Recordó haber visto antaño a una partida de bandidos nómadas en el Sahara, y halló notable semejanza con ellos en aquella abigarrada cuadrilla de forajidos.




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