Bajo el cielo del oeste

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La atención de éstos se repartía entre la satisfacción de su voraz apetito y la vigilancia del bosque. Magdalena pensó que esperaban a alguien, y, ciertamente, si se trataba de una patrulla que hubiera salido en su persecución no demostraban la menor ansiedad. De su conversación no le fue posible comprender más que alguna que otra palabra. Finalmente, sin embargo, el nombre de don Carlos despertó en ella no sólo su curiosidad sino también la conciencia del riesgo que corría, y otra vez el terror de su espíritu.

Una exclamación en voz baja de uno de los guerrilleros, acompañada de un expresivo ademán, motivó que toda la banda concentrase sus miradas en una dirección opuesta. Oían algo. Luego vieron a alguien. Las mugrientas manos buscaron sus armas y luego adoptaron todos una actitud de alerta. Magdalena podía ver cómo se comportaban unos individuos acorralados en el momento de ser descubiertos y el espectáculo era terrible. Cerró los ojos conturbada por lo que vio, temerosa del momento en que entrasen en acción las armas.

Algunos imprecaciones en voz baja… un breve período de silencio seguido de murmullos, y luego, una voz vibrante que exclamaba: «¡El Capitán!».


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