Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Stewart la sujetaba con su brazo, como una banda de hierro, que, sin embargo, era flexible y cedía a la moción del caballo. Ora percibía el contacto de sus huesos fuertes y poderosos, ora la suave elasticidad de su musculatura. La llevaba con la misma facilidad con que habría llevado a un niño. La aspereza de su camisa de franela rozaba su mejilla; debajo notaba la húmeda bufanda que había utilizado para lavar su brazo, y, más profundo, el regular latido de su corazón. Su oreja percibía los recios y vibrantes golpes, que eran como la trepidación de un potente motor en una gran caverna. Su cabeza no había descansado jamás sobre el pecho de un hombre, y el contacto no le era grato, aunque experimentaba algo más que una simple sensación física. El hecho era para ella misterioso y fascinador, y algo, que era natural, hacíale pensar en la vida. Un fresco vientecillo, procedente de las alturas, encrespó su revuelta cabellera cuyas hebras vio enmarañarse en el rostro de Stewart, ante sus ojos, y contra sus labios. No podía alcanzarlas con la mano libre para reducirlas a la obediencia, y cuando cerró los ojos sintió que revoloteaban contra las mejillas del cowboy.





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