Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El caballo alargó el paso y Magdalena fue gradualmente perdiendo toda noción de molestia y de dolor al poder relajar sus músculos. Luego cedió por completo a su laxitud, yaciendo inerte, reconocida a su gran alivio. El rÃtmico balanceo, similar al de una hamaca, le causaba un agradable vértigo. Su mente actuaba como en sueños, recapacitando las lentas y suaves impresiones que sus sentidos le iban transmitiendo.
En el Oeste el rojizo resplandor se desvanecÃa. Magdalena veÃa los cerros, con sus crestas que el crepúsculo teñÃa de gris y con sus negras hondonadas. Cedros y pinos bordeaban el portel, sin rastro alguno de abetos. A intervalos asomaban ante ella inmensos peñascos parduscos. El cielo era de un claro azul de acero. Una tenue estrella titilaba. Y más cerca, veÃa el rostro de Stewart, otra vez sombrÃo e impasible, con los inescrutables ojos fijos en el camino.