Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —DeberÃamos ponernos en camino —dijo él, acercando el caballo a un peñasco—. ¡Venga!
La voluntad de Magdalena era muy superior a sus fuerzas. Por vez primera tuvo que reconocer que estaba herida, aunque, salvo cuando movÃa el hombro, el dolor no era intenso. Ya a caballo, desplomóse sobre la silla. El camino era accidentado; cada paso del animal la atormentaba; y el declive del terreno la echaba a su pesar hacia delante, sobre la perilla de la silla. Más tarde, al hacerse más pedregosa la cuesta y mayor su incomodidad, olvidóse de todo, excepto de que estaba sufriendo.
—¡Aquà está el portel! —anunció por fin Stewart.
Poco después Magdalena se bamboleó, y hubiese caÃdo de su silla a no sostenerla el cowboy, a quien oyó que mascullaba imprecaciones.
—¡No puede ser! —dijo—. Pase usted la pierna por encima de la perilla… No, ésa no…; la otra… AsÃ.
Luego, montó a su vez, se acomodó detrás de ella y, alzándola y cambiándola de posición, la sujetó con el brazo izquierdo, en forma tal que quedó atravesada en la silla y sobre sus rodillas, con la cabeza apoyada en su hombro.