Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —He prestado el servicio, mas le ruego que no me hable de pago. Una cosa hay que quisiera que supiese y que no sé cómo decir. Acaso la sugiere el concepto que me consta tiene usted de mà y lo que imagino pensarÃan sus amistades si conocieran esto. No lo dicta ni el orgullo ni la vanidad. Es lo siguiente: Una mujer como usted no debÃa haber venido jamás a esta tierra dejada de la mano de Dios, como no fuese con el propósito de olvidarse de sà misma. Mas, puesto que ha venido, puesto que esos… bandidos hicieron lo que hicieron con usted, quiero que sepa que toda su fortuna, toda su posición e influencia, todo el poder que su nombre sugiere, hubieran sido inútiles para librarla del infierno de esta noche. Sólo hombres como Nick Steele o Nels o yo podÃamos conseguirlo.
Magdalena Hammond comprendió la enorme fuerza niveladora del argumento. No obstante la diferencia que pudiese existir entre ella y Stewart, o la imaginaria diferencia que falsos conceptos de clase y de cultura establecieran, era lo cierto que allÃ, en aquella montañosa selva, no era ella sino una mujer y él sencillamente un hombre. Un hombre era lo que ella necesitaba, y si en estas circunstancias hubiese cabido consultar su inclinación, habrÃa designado seguramente al que acababa de pronunciar ante ella aquellas palabras amargas y sinceras. El hecho merecÃa tenerse en cuenta.