Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Aquellos detalles sirvieron a Magdalena para dar caracteres de verosimilitud a la jornada. De otro modo, habrÃale parecido un sueño, y aun asà era difÃcil de creer. De nuevo preguntóse si la mujer que tanto comenzaba a pensar y sentir era realmente Magdalena Hammond. AllÃ, jugando con ella del mismo modo que el viento jugaba con su cabello en el rostro de Stewart, estaba la aventura, tal vez la muerte, desde luego la vida. No podÃa rendirse a la evidencia de los acontecimientos del dÃa. ¿Quién de entre los suyos, familia, amigos, lo hubiera creÃdo? ¿PodÃa ella misma explicárselo? Imposible pensar que aquel solapado mejicano pudiera valerse de ella para favorecer los intereses de una revolución condenada al fracaso. Rememoraba los siniestros semblantes de los famélicos rebeldes, y maravillábase de su bendita suerte al escapar de entre sus garras. Estaba en salvo, y su salvación tenÃa ahora un significado para ella. La llegada de Stewart al claro, el valor con que afrontó a aquellos forajidos se le antojaba tan real como el brazo de hierro que la ceñÃa. ¿Fue un instinto lo que la impulsó a salvar a aquel hombre cuando yacÃa enfermo y desvalido en la casucha de Chiricahua? Al ayudarle habÃa puesto en movimiento fuerzas a cuya acción debÃa el haber salvado su propia vida o tal vez algo de más valor para ella que la vida. Asà por lo menos lo creÃa.