Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Momentos después, Magdalena abrió los ojos y vio que había oscurecido. El firmamento, de un azul oscuro y aterciopelado aparecía constelado de blancas estrellas. El viento continuaba jugueteando con su cabellera, y a través de las doradas hebras vio el perfil de Stewart recortarse audaz y nítido contra el cielo. Luego, al ceder su espíritu a la fatiga física, la situación volvió a aparecerle irreal y salvaje. Una profunda languidez se apoderó de ella, envolviéndola como un manto. Sintió como si marchase a la deriva. Y con la vaga conciencia de un sordo latido en su oído, de algo intangible, dulce y extraño, como el sonido lejano de una campana, quedóse dormida con la cabeza apoyada en el pecho de Stewart.