Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena tomó la carta de su hermana, con una extraña sensación de cuán fácilmente un pliego de papel y un monograma podÃan evocar la brillante vida a que habÃa renunciado. Pasó la vista por las páginas, cubiertas de correctÃsima caligrafÃa. La misiva de Elena era a trechos brillante, alegre e indolente, como su propio carácter, si bien Magdalena adivinó en ella más curiosidad que sincero anhelo de ver a sus hermanos. Mucho de cuanto escribÃa era una entusiástica anticipación de lo que proyectaba divertirse con los tÃmidos cowboys. Elena escribÃa muy raramente, y no leÃa nunca nada, ni siquiera las más populares novelas del dÃa. Su ignorancia del Oeste era tan absoluta como la del inglés que esperaba matar búfalos y contender con indios. Además, contenÃa la epÃstola una encubierta nota satÃrica que desagradó y soliviantó a Magdalena. Evidentemente, Elena se regodeaba de antemano con la idea de una nueva sensación.
Cuando terminó de leer en voz alta algunos párrafos al viejo ganadero, éste lanzó un bufido de disgusto.
—¿Es su hermana la que ha escrito eso? —preguntó.
—SÃ.
—Pues… con perdón sea dicho, señorita Majestad, pero no se parece a usted. ¿Piensa acaso que por acá somos los hombres salvajes de Borneo?