Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Al parecer, sÃ. Voy creyendo que tendrán una regular sorpresa. Ahora bien, Stillwell, usted no es tonto y se hace cargo de la situación.
Quiero que mis huéspedes disfruten durante su estancia aquÃ, mas en modo alguno que sea a expensas nuestras o de nuestros sentimientos. Elena vendrá con un grupo de gente alegre, siempre a la zaga de lo inusitado, de lo excitante. Procuraremos que no tengan una decepción. Ponga usted a los muchachos al corriente, dÃgales lo que pueden esperar y la forma en que han de comportarse. Yo le ayudaré. Quisiera que cuando estén francos de servicio se vistan de gala y se porten lo más elegantemente posible. No pondré reparos a cuanto hagan, ni a las tretas a que recurran para defenderse, ni a las jugarretas que puedan tramar, siempre y cuando no ofendan a nadie, ni rebasen los lÃmites de la cortesÃa y de la amabilidad. Quiero que desempeñen sus papeles naturalmente, con toda seriedad, como si fuese su género de vida corriente. Mis invitados quieren divertirse. Aprontemos diversiones para ellos. ¿Qué opina usted?
Stillwell se puso en pie, iluminado el cariancho rostro por la célebre sonrisa.
—¡Pues opino que es la más sorprendente idea que he oÃdo en mi vida!