Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stewart montaba su negro. Habíase ausentado con una importante misión que le llevó a la divisoria internacional. Su presencia en el rancho mucho antes de lo que se esperaba fue particularmente grata a Magdalena, pues significaba que había llevado a buen fin su cometido. Una vez más la absoluta confianza que podía tenerse en él impresionó a la joven. Era un hombre de acción. El caballo se detuvo sin el acostumbrado pateo en la grava, y el polvoriento jinete echó pie a tierra, con aire muy cansado. Ambos, caballo y jinete, mostraban el calor y el polvo de incontables millas de jornada.
Magdalena se adelantó a la escalinata del porche, y Stewart, sacando un fajo de papeles de la cantina, se volvió hacia ella.
—Es usted el mejor de los correos, Stewart —dijo—. Estoy muy complacida.
Una catarata de polvo cavó de su sombrero al quitárselo para saludarla. Su atezado rostro pareció subir de color al levantar los cansados hombros.
—He aquí los informes, señorita Hammond —replicó.