Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Viéndola engalanada para recibir a sus amistades del Este detuvo su avance con un violento ademán que recordó a Magdalena el que hiciera la noche de su primer encuentro, al descubrir su identidad. No fue temor, ni azoramiento, ni cortedad. El gesto fue momentáneo. Sin embargo, como habÃa sido con pausa, Magdalena recibió la impresión de una recia potencia de autodominio. Un hombre herido por una bala podrÃa experimentar una sacudida muscular como la que convulsionó a Stewart. En aquel momento, su perspicaz mirada al escrutar el polvoriento rostro, se encontró con la suya, franca y libre. Ella la sostuvo aunque un vivo calor subió a sus mejillas. Magdalena se ruborizaba muy raras veces, y ahora, consciente de su inesperado rubor, un vivo carmÃn tiñó su tez. Esto la irritaba por incomprensible. Tomó los papeles de manos de Stewart, dándole las gracias. Él se inclinó, llevándose al caballo por la vereda hacia los corrales.
—Cuando Stewart tiene ese aspecto es que ha hecho una larga jornada —dijo Florencia—. Pero cuando su caballo se halla en semejante estado es que ha corrido más que el viento.