Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena contempló a ambos alejarse con aire cansino por el sendero. ¿Qué era lo que la dejaba pensativa? Principalmente algo nuevo, súbito e inexplicable que impulsaba a su espíritu a un rápido análisis. En este caso lo que había impresionado a Magdalena fue la mirada de Stewart. Clavada en ella esta mirada había perdido su sombrío fuego, su inescrutable misterio, embelleciéndose. No era una mirada de admiración, ni de sorpresa, ni de amor. Magdalena estaba familiarizada con las tres. No había sido tampoco de pasión, porque en ella no hubiera habido entonces belleza. La joven reflexionó, y finalmente dedujo que Stewart había expresado con los ojos una extraña alegría de orgullo. Era una expresión que jamás había hallado en hombre alguno. Probablemente por eso le había extrañado, haciéndola enrojecer. Cuanto más vivía entre aquellos hombres, más la sorprendían, y particularmente Stewart. ¡Qué incomprensible era! ¿Por qué había de experimentar orgullo al verla?
Una exclamación de Florencia hizo que Magdalena fijara de nuevo su atención en el automóvil. Éste se hallaba algunas millas distante, en el declive, emprendiendo el largo y gradual ascenso. Dos amarillentos remolinos de polvo parecían elevarse detrás del coche para juntarse con la columna que se alzaba en el valle.