Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Me gustarÃa saber qué impresión se siente yendo a milla por minuto —dijo Magdalena—. Tendré que decirle a Link que me lleve un dÃa. ¡Oh! ¡Mira cómo se acerca!
El gigantesco auto parecÃa un diablo blanco, y a no ser por la polvareda hubiera dado la sensación de volar por los aires. Su movimiento de avance era absolutamente regular, siguiendo la carretera como si anduviese sobre rieles, y su velocidad, asombrosa. De su interior emergÃan largos velos grises que flameaban al viento. Una vibración, al principio lejana, se fue haciendo más perceptible, hasta convertirse en un rugido. El coche cruzó como una flecha el cuadro de alfalfa, ante los alojamientos, desde donde los cowboys saludaron clamorosamente. Los caballos y burros en los corrales comenzaron a piafar, resoplando y emprendiendo veloz carrera, espantados. Al llegar a la base del prolongado declive, Link redujo su marcha a la mitad, y aun asà el coche siguió rugiendo, levantando columnas de polvo, hasta que se detuvo vibrante y rechinando en el patio, frente al porche.
Magdalena vislumbró una desmelenada y grisácea masa de humanidad en su interior. Eran siete ocupantes a más de Stevens, y por un instante dieron la impresión de que volvÃan en sÃ, agitándose y lanzando exclamaciones bajo sus velos, envolturas y guardapolvos.
Link se apeó y, quitándose las gafas y el casco, miró plácidamente su reloj.