Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Hora y cuarto, señorita Hammond —dijo—. Son sesenta y tres millas por la carretera del valle, y como usted sabe hay un par de malas pendientes. Opino que, considerando su deseo de que fuese despacio y con cuidado, no hemos perdido el tiempo.
Del montón humano salieron apagadas exclamaciones hombrunas y plañideros gemidos femeniles.
Magdalena bajó la escalinata del porche. Las voces de unos y otras se alzaron unánimes en un alegre clamoreo que tanto tenÃa de loanza como de salutación.
—¡Majestad!
Elena Hammond tenÃa tres años menos que Magdalena y era una muchacha esbelta y muy agraciada.
No se parecÃa a su hermana, salvo en la blancura y fineza del cutis, siendo de un tipo más moreno, con ojos garzos y cabello castaño. Cuando, ya en la estancia a que la condujo Magdalena, hubo recobrado alientos, empezó a charlar.
—Majestad, aquà me tienes; pero poco me figuraba recibir esa sorpresa al bajar del tren… No dijiste nunca que poseyeses un coche. Me figuraba que estabas en el Oeste… entre diligencias y cosas asÃ. ¡Y qué coche! ¡Y qué carretera! ¡Y qué hombre más terrible ese conductor tuyo de los pantalones de cuero! ¿De dónde lo has sacado?