Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Es un cowboy. Quedó inútil a consecuencia de una caída de caballo, y le hice aprender a llevar el coche. Sabe conducir, ¿eh?
—¿Conducir? ¡Santo Dios! Excepto Castleton, todos nos hemos llevado un susto de muerte. A ese glacial inglés no le asusta nada. Todavía estoy aturdida. ¿Sabes, Majestad, que cuando vi el coche tuve una alegría? Luego tu cowboy salió a nuestro encuentro en el andén. ¡Qué tipo tan particular! Llevaba un pistolón colgando del cinto. Me puse nerviosa sólo de verle. Cuando nos acomodó en el automóvil con las maletas, me instaló en el asiento contiguo al suyo, sin más ambages. Hice la locura de decirle que quería ir aprisa y, ¿qué dirás que me contestó? Pues mirándome con aire pensativo y reposado, dijo lentamente: