Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste «Señorita, creo que hallará lo que desea». No supe determinar si era un cándido o un imprudente. Luego nos interpeló a todos: «Harán bien ponerse los velos y guardapolvos. De aquí al rancho la jornada es larga, polvorienta y pesada, y la señorita Hammond me recomendó que fuese prudente». Nos pidió los resguardos del equipaje, entregándoselos a un individuo que guiaba un enorme carromato con un tiro de cuatro caballos. Puso el motor en marcha y se abrazó al volante, hundiéndose en su asiento. Luego un chasquido, un brinco…, una especie de relámpago a nuestro alrededor, y el destartalado pueblecillo quedó abandonado en el mapa. Dios sabe dónde, detrás de nosotros. Los primeros cinco minutos fueron encantadores. Luego el viento empezó a mortificarme. El estruendo del coche y del aire me llenaba los oídos. No podía ver sino el camino que tenía delante, y ¡qué camino! ¡En mi vida he visto cosa semejante! Millas y millas en línea recta, sin un poste, sin un árbol… El coche parecía tragarse la distancia…, yo estaba fascinada y horrorizada… íbamos tan de prisa que ni podía tomar aliento. El aire penetraba por todo mi cuerpo, y a cada instante estuve temiendo de hallarme desnuda… Luego no vi más que una pared con una línea blanca en medio. Tenía los ojos empañados, el rostro ardiendo, los oídos llenos de millares de chillones diablillos. Cuando se detuvo el coche ya no podía más. Miré y miré, y cuando empecé a darme cuenta de lo que veía… apareciste tú…