Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Creà que te gustaba ir aprisa, Elena —dijo riendo la hermana.
—Me gustaba. Pero te aseguro que no sabÃa lo que era correr ni habÃa visto nunca una carretera, ni creà que existiese un conductor como el tuyo.
—Tal vez no sea ésta la única sorpresa que te reserve el salvaje y encrespado Oeste.
Las pupilas de Elena mostraron un fraternal recuerdo de posibilidades.
—Has empezado bien —dijo—. Estoy sencillamente atónita. Esperaba hallarte envejecida y desaliñada, Majestad…, y eres la mujer más bonita que he visto. Estás espléndida, fuerte… y tu cutis parece de un blanco dorado. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué cambio has sufrido? Este hermoso aposento…, esas magnÃficas rosas ahà fuera…, la fresca y sombreada placidez de esta maravillosa casa… Te conozco, Majestad, y, aunque no hayas dicho nada en tus cartas, sé que aquà te has creado un hogar. Ésa es la mayor sorpresa de todas. Ea; confiésalo. Reconozco que siempre he sido egoÃsta y que para ti he valido muy poco como hermana; pero si eres feliz… me alegro en el alma. En casa no lo eras. Cuéntame de ti y de Alfredo. Luego te daré todos los mensajes y noticias del Este.