Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —SÃ; realmente soy yo —repitió Magdalena—. Mi tren llegó muy retrasado, y por razones que ignoro. Alfredo no acudió a recibirme. El señor… el señor Stewart juzgó oportuno traerme aquà en lugar de llevarme a un hotel.
—¡Oh! ¡Cuánto me alegro de conocerla! —exclamó calurosamente Florencia—. Entre usted. El asombro me hacÃa ser descortés. ¡Y Alfredo que ni siquiera mencionó su llegada!…
—No debe haber recibido mis telegramas —dijo Magdalena, trasponiendo el umbral.
El cowboy, que la siguió con su maletÃn, tuvo que inclinarse para pasar bajo el dintel, y, ya en el aposento, pareció llenarlo con su presencia. La Joven dejó la lámpara sobre la mesa, y Magdalena pudo ver a una muchacha de sonriente y amable rostro, aureolado por una profunda cabellera rubia que colgaba sobre su nuca.
—¡Oh, qué contento se pondrá Al! —gritó Florencia—. Pero… ¡Si está usted blanca como el papel!
¡Debe de sentirse rendida! ¡Y tras del viaje una tan larga espera! Hace no sé cuántas horas que oà pasar el tren. Estaba a punto de acostarme. Y esta estación que por las noches es un desierto. ¡Si hubiese sabido su llegada! Pero ¡qué pálida está usted! ¿No se encuentra bien?