Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —SÃ, sólo que me encuentro un poco cansada. Una jornada asà en ferrocarril es más dura de lo que yo creÃa. En efecto, pasé largo rato esperando en la estación, aunque… no puedo decir que estuve sola.
Florencia Kingsley escrutó con sagaces ojos el semblante de Magdalena, posándolos luego en el taciturno Stewart. Deliberadamente cerró la puerta que comunicaba con otro aposento.
—Señorita Hammond, ¿qué ha ocurrido? —preguntó en voz baja.
—Vale más no recordarlo —replicó Magdalena—. Pienso, sin embargo, decirle a Alfredo que habrÃa preferido encontrarme con un apache hostil que con un cowboy.
—Por favor, no diga usted eso —gritó Florencia. Y cogiendo a Stewart por un brazo lo arrastró hacia la luz—. ¡Gene! ¿Estás borracho?
—Estaba considerablemente bebido —replicó cabizbajo.
—¡Oh! ¿Qué has hecho?
—Escucha, Flo, yo…
—No quiero saberlo. Era de esperar. Gene, ¿no tendrás nunca un poco de decencia? ¿No dejarás de beber de una vez? Acabarás perdiendo todas tus amistades. Stillwell te defiende aún. Al es tu mejor camarada. Molly y yo te hemos apoyado, y ahora vas y haces… ¡Dios sabe lo que debes haber hecho!