Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Desahóguese, Stillwell, dÃgalo todo.
—Pues… los cowboys, siempre exceptuando a Gene, han perdido la chaveta, se han vuelto locos por ese juego de golf.
Una explosión de risas acogió el solemne aserto de Stillwell.
—¡Oh! Stillwell, eso será una broma, ¿verdad? —replicó Magdalena.
—Que me muera ahora mismo si no hablo en serio —declaró el ganadero—. Es un caso sorprendente. Pregúnteselo a Flo. Ella se lo dirá. Conoce a los cowboys y sabe que cuando la emprenden con algo, no lo sueltan hasta tenerlo más dominado que a su caballo.
Florencia, tomada como testimonio y con todas las miradas fijas en ella, replicó modestamente que Stillwell habÃa relatado el caso con excesiva moderación.
—Los cowboys juegan como trabajan y como pelean —añadió—, poniendo en ello toda el alma. Son simplemente niños grandes.
—Tienes razón —asintió Magdalena—. Me alegro mucho de que les guste el golf. ¡Andan tan faltos de distracciones!
—Bueno, pero… algo habrá que hacer si es que pensamos seguir criando reses en el rancho de «Su Majestad» —replicó Stillwell, con aire a la vez resuelto y resignado.