Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Pero ¿a qué viene tanta enfermedad y tanta holgazanerÃa? —preguntó Magdalena.
—Pues… la verdad es que todos y cada uno de los cowboys de esta pampa, menos Stewart, creen que su único deber consiste en consagrarse a las señoras.
—¡Muy bien pensado! —exclamó Dorotea Coombs, entre una risa general.
—Entonces, ¿a Stewart no le gusta contribuir a nuestro divertimiento? —preguntó Elena, con curiosidad.
—Señorita Elena, Stewart es distinto de los demás cowboys —replicó Stillwell—. Y eso que antes hacÃa como ellos. Pocos habrá habido más jaraneros que Gene. Ahora ha cambiado. Es capataz del rancho y tal vez a eso haya que atribuir el cambio. Pesa sobre él toda la responsabilidad del negocio, y le falta tiempo para distraerles a ustedes.
—Supongo que debemos darlo por perdido para nosotros —dijo Edita Wayne, con su habitual seriedad—. Yo le admiro.
—No debe usted apurarse tanto por lo que al fin y al cabo es una galanterÃa de los muchachos, Stillwell, aunque ocasione una perturbación temporal en las faenas del rancho —dijo Magdalena.
—Señorita Majestad, eso no es ni la mitad, ni la cuarta parte, ni una sombra de lo que me está perturbando —contestó acerbamente el veterano.