Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Oh, Majestad! —gritó Elena al ver a su hermana disponiéndose a montar—. ¡No hagas que la bestia se arrodille! ¡Monta al vuelo!… Todos deseamos verte. ¡Es tan estupendo!
—Pero… aun asà necesito que se arrodille —dijo Magdalena—. Si no me es imposible llegar al estribo. ¡Es tan alto!
Tuvo Magdalena que ceder a las reiteradas instancias de sus amigos, y, cuando todos, menos Florencia, estuvieron a caballo, hizo que Majesty doblase la rodilla. Situándose a su izquierda, de espaldas, se asió firmemente a la perilla de la silla con una mano y a la melena y las bridas con la otra. Pasando luego la punta del pie en el estribo, dio una voz para animar a Majesty. El animal se incorporó de un brinco y ella fue a caer en la silla.
—¡Si queréis ver cómo debe hacerse, mirad a Florencia! —dijo. La muchacha, con su traje de montar y entre caballos, estaba en su elemento. Era admirable la facilidad y la gracia con que ejecutó la tÃpica suerte de montar al vuelo propia del cowboy. Luego se puso a la cabeza de la expedición para cruzar la vertiente y ascender a la mesa.