Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los dos eran diminutos, zambos, cojos de un pie, y en general poco atrayentes de aspecto. Link, el más joven, no tenÃa las señales que el paso de los años habÃa estampado en Monty, que le doblaba la edad. Como Stillwell decÃa, el semblante de Monty recordaba el ladrillo recocido. Monty no concedÃa importancia al calor, vistiendo siempre chaparreras de piel de carnero con la lana hacia afuera, lo que le hacÃa parecer más ancho que alto. Link sentÃa predilección por el cuero, y desde que Magdalena le confirió la dignidad de conductor de su coche, daba rienda suelta a su afición, cubriéndose de cuero de pies a cabeza. Nunca llevaba armas; en cambio, Monty ostentaba una inmensa pistolera con su ominoso contenido. Link fumaba un cigarrillo y miraba con despreocupada insolencia. Monty era moreno de rostro, fachendoso de porte y tenÃa cierto aire de jefe de tribu bárbara.
—Ese Monty me pone carne de gallina —dijo Elena, en voz baja—. Señor Stillwell, ¿es verdaderamente tan malo como dicen? ¿Ha matado a alguien?
—Ya lo creo. Casi tantos como Nels —replicó Stillwell regocijado.
—¡Oh! ¿Y ese simpático señor Nels es también un desperado? ¡No lo hubiera dicho nunca! ¡Tan amable y tan a la vieja usanza como parece! ¡Y con una voz tan dulce!