Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Absolutamente. Vi su figura por dos veces en el zaguán y su semblante ante la luz. Sus ojos inconfundibles.

—¿Sabe él que usted le vio?

—No me atrevería a asegurarlo, pero creo que sí. ¡Oh, debió de darse cuenta! Yo estaba en plena claridad. Había traspuesto ya el umbral y volví a salir adrede. Vi que asomó su rostro a la vuelta de una esquina y desapareció en seguida.

Magdalena tuvo la impresión de que Stewart experimentaba un repentino cambio. Vio, tan bien como sintió, la violencia de la ira que le transformaba.

—¡Llame a sus amigos…! ¡Reúnalos todos aquí! —ordenó Stewart concisamente, dirigiéndose hacia la puerta.

—¡Espere, Stewart!

Él se volvió. Su lívido semblante, sus chispeantes ojos, su apariencia toda, de definido y terrible significado, influían en ella extrañamente, haciéndola flaquear.

—¿Qué va usted a hacer? —preguntó.

—No le interesa. Reúna usted aquí a sus amistades. Atranque las ventanas y aherroje las puertas. Estarán ustedes a seguro.

—¡Stewart! Dígame lo que piensa hacer.

—No quiero decírselo —replicó, dando media vuelta de nuevo.


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