Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Pues yo quiero saberlo —insistió ella. Y le retuvo, poniéndole una mano sobre el brazo. Entonces, al tocarlo, sintió el estremecimiento que le sacudÃa—. ¡Oh! ¡Ya lo sé! ¡Se propone usted pelear!
—Aunque asà fuera, señorita Hammond, ¿no cree que ya va siendo hora? —preguntó. Era evidente que dominaba la violencia de su pasión en gracia a la premura del momento. En su pregunta habÃa un dejo de cansancio, de dignidad, de reproche—. La sola presencia de ese mejicano aquà deberÃa bastar para probarle la naturaleza del caso. Esos vaqueros, esos guerrilleros, se dan cuenta de que usted ha prohibido a sus hombres toda resistencia. Don Carlos es un cobarde rastrero, y sin embargo, no ha vacilado en ocultarse en su propia casa. Sabe que usted no permitirá que sus cowboys castiguen como se merece su osadÃa. Robara, incendiara, se apoderara de usted. Si se le presenta ocasión no retrocederá ante un crimen. Esos hombres esgrimen el puñal entre las sombras. Por eso preguntó: ¿No cree usted que ya va siendo hora de poner coto a sus desmanes?
—Stewart, como no sea en legÃtima defensa, le prohÃbo pelear. Se lo prohÃbo.