Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Lo que proyecto hacer es en legÃtima defensa. ¿No he intentado demostrarle a usted que atravesamos un perÃodo de turbulencia en este sector de la divisoria? ¿Tendré que repetirle que don Carlos es uña y carne con los revolucionarios? Los rebeldes no saben ya qué hacer para involucrar en el conflicto a los Estados Unidos. Usted es figura prominente. Don Carlos se apoderarÃa de usted. Una vez en sus manos ¡poco le costarÃa salvar la frontera! Y ¿qué ocurrirÃa? ¿A dónde repercutirÃa su acción? Entre las tropas que custodian la frontera. En Nueva York. En Washington. ¡SerÃa exactamente lo que los rebeldes están deseando…, la intervención de América! En otras palabras… ¡la guerra!
—¡Oh! ¡Usted exagera! —gritó Magdalena.
—Tal vez. Mas empiezo a ver claro el juego de don Carlos, y… señorita Hammond…, yo… Para mà es terrible pensar lo que sufrirÃa usted si consiguiese llevársela allende la divisoria. Sé lo que son esas gentes… He vivido entre ellos, entre los peones… los esclavos.
—Stewart…, no deje usted que don Carlos se apodere de mà —replicó Magdalena, con encantadora sinceridad.
Le vio estremecerse, vio el convulsivo movimiento de su garganta que deglutÃa con dificultad, levó una férrea determinación en su semblante.
—No. Por eso quiero acabar con él.