Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Recuerde que le prohíbo buscar deliberadamente un choque.

—Entonces tendré que buscarlo sin su permiso —replicó con característica brevedad, iniciando de nuevo la marcha.

Cuando esta vez Magdalena le retuvo por el brazo, continuó asida a él, aun después de haberle detenido.

—No —dijo autoritariamente.

Y él se desasió, dando un paso hacia atrás.

—¡Hágame el favor de esperar! —Díjole ella suplicante. Pero él continuó su marcha—. ¡Stewart!

Corrió hasta alcanzarle, le interceptó el paso, y situóse frente a él, de espaldas a la puerta. Stewart alargó un brazo con intención de apartarla, mas vaciló, dejándolo caer. Demudado, trémulo, agitados los músculos del rostro por un irrefrenable espasmo, quedóse parado ante ella.

—Es por su bien —exclamó Stewart.

—Si es por mi bien, haga lo que yo le pido.

—Esos guerrilleros acabaran acuchillando a alguien. Prenderán fuego a la casa; la secuestraran a usted. Harán algo irreparable si no les atajamos.

—Prefiero correr todos esos albures —insistió ella.


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