Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Pero si son riesgos terribles que no debe usted correr! —exclamó con vehemencia—. ¡Sé mejor que usted lo que conviene! Stillwell está de acuerdo conmigo. ¡Déjeme en libertad, señorita Hammond! Voy a ponerme al frente de los muchachos y saldré en persecución de esos guerrilleros.
—¡No!
—¡Santo Dios! —exclamó Stewart—. ¿Por qué no me deja ir? ¡No hay otra solución! Deploro tener que sobresaltarla a usted y a sus huéspedes, mas ¿por qué no poner fin a las importunidades de don Carlos? ¿Teme usted acaso que una refriega dejase mal recuerdo de su visita a sus amigos?
—No, no es eso.
—Entonces, ¿es la idea de una pequeña escaramuza con esos mejicanos?
—No.
—¿Le repugna pensar que puedan mancillarse los suelos de esta casa con un poco de sangre?
—No.
—Entonces, ¿qué motivos tiene para impedirme hacer lo que juzgo indispensable?