Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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En efecto, el aire parecía sobrecargado de una fuerza que sólo esperaba el momento de poder desencadenarse. Una a una, las parejas fueron llegando al bosque de cedros, y el elemento femenil se pronunció elocuentemente en pro de un descanso que juzgaba bien ganado. Mas no debían esperar un reposo permanente hasta por la noche, y aun esto dependía de que hubiese llegado a los riscales. Los hateros continuaron avanzando, y Stewart se puso a su zaga. El foco de la tormenta concentróse en los altos picachos; el trueno dejóse oír con más frecuencia e intensidad; lentamente, la claridad diurna fue decreciendo al aumentar el área nubosa, la atmósfera se hizo más pesada, y una exasperante brisa se levantó soplando con irritadora intermitencia.

Una hora después, la caravana había llegado a una gran altitud y bordeaba el flanco de una gran loma desnuda que por largo tiempo les había ocultado los riscales. El último burro de la reata transpuso la cresta, perdiéndose de vista. Magdalena miró hacia atrás, divertida con el espectáculo de sus huéspedes que, fatigados, cambiaban de postura en sus sillas. Lejos, muy lejos, veíase el bosque de cedros y los cerros. Hacia el Oeste el cielo estaba todavía despejado, mostrando los rayos solares que salían por detrás de los invasores nubarrones.


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