Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Tras de una interrupción en la empinada cuesta, el sendero seguía un curso tortuoso a través de un enmarañado bosque de desmedrados árboles que incontables tormentas habían castigado. Hasta aquellas alturas llegaban los zarpazos del desierto. Las nubes, extendiéndose por el cielo y ocultando el sol aportaban un agradable cambio. Los hateros se detuvieron a descansar, y Stewart y Magdalena esperaron la llegada del resto de la comitiva. Durante el alto, el cowboy dio cuenta brevemente a la joven de que don Carlos y sus bandidos habían abandonado el rancho durante la noche. Los truenos retumbaban en lontananza, y un ligero vientecillo hacía temblar las hojas de los cedros. El ambiente era opresivo. Los caballos jadeaban.
—Será estupenda —dijo Stewart—. La primera tormenta es siempre la más intensa. Lo noto en el aire.