Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Stewart prosiguió la marcha seguido de la joven. Ladera arriba, la recua de animales de carga iba progresando con notable ventaja de los burros sobre los caballos. Sus hatos se bamboleaban por la pendiente; oleadas de calor les envolvían confundidas con el polvo. El cielo era de un azul pálido como el del acero caldeado, excepto en los puntos en que masas de oscuras nubes asomaban por las crestas de las montañas. La atmósfera, bochornosa y pesada, hacía la respiración difícil. La partida se extendía a lo largo de la vertiente, diseminados sus componentes en grupos de a dos o tres, que permitían distinguir con facilidad a los más fatigados.

Media milla más arriba Magdalena pudo abarcar el horizonte sobre los cerros del Norte, Oeste y algo del Sur, y absorta en el vastísimo panorama de tierra abrasada por el sol, olvidóse del calor, del cansancio y de las incomodidades de sus huéspedes. Distinguía el valle gris y las negruzcas montañas, la amplia y rojiza embocadura del desierto y los vagos picachos, casi tan azules como el cielo que parecían tocar. Cuando los descoloridos y nudosos cedros interceptaron la vista se sintió contrariada.




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