Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Luego un rayo rasgó las nubes, y mientras el horrísono estampido de un trueno se extinguía a lo lejos, Magdalena reflexionaba, sorprendida, sobre la respuesta de Stewart. Un alzo inexplicable en el rostro del cowboy la había impulsado a formular lo que juzgaba una necia pregunta. Y la respuesta había sido inesperada. Ella gozaba con una tormenta. ¿Por qué había de temerla él… él, con quién parecía imposible asociar la palabra miedo?
—¡Qué raro! ¿No se ha encontrado usted con algunas tormentas?
Una sonrisa, que duró lo que un relámpago, iluminó el broncíneo rostro.
—En centenares de ellas. De día, con la vacada de estampida. De noche, solo en las sierras, con los pinos viniéndose a tierra a mi alrededor y los peñascos saltando destrozados por el rayo…, en plena inundación…, en el desierto.
—Entonces, ¿no son solamente los relámpagos? —insistió ella.
—No; es toda la tormenta.
Magdalena sintió que de entonces en adelante pondría menos fe en lo que imaginaba ser su amor por los elementos. ¡Qué poco sabía ella! Si aquel hombre de nervios de acero temía las tormentas, algo en ellas justificaba su temor.