Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Súbitamente, mientras el suelo temblaba bajo las patas de su caballo y el cielo entero se ennegrecía surcado por flameantes ráfagas y entre el aullido formidable del viento desencadenado estallaban los horribles estampidos del trueno, comprendió cuán insignificante era su conocimiento y experiencia de las prepotentes fuerzas naturales. Con aquella dualidad de carácter de que se daba plena cuenta, sintióse humilde, sumisa, reverente y temerosa, sin por ello dejar de regodearse en la grandiosidad de los riscales y de los cañones, en la estupenda lucha de los elementos, en el caótico contraste de sonidos y en las maravillosas lanzas de albo fuego.

Con inaudita violencia y ensordecedor estruendo llegó la lluvia. Fue una turbonada, una sólida capa de agua que lo envolvió todo. Magdalena permaneció largo rato inmóvil, sobre su caballo, aguantando el diluvio con la cabeza baja. Cuando la catarata aminoró su fuerza y oyó la voz de Stewart invitándola a seguir, levantó la cabeza y vio que reanudaba la marcha. Echó una ojeada a Dorotea y desvió al punto la vista. La muchacha, que se había resistido a adoptar un tocado capaz de aguantar las inclemencias del tiempo, así como a ponerse uno de aquellos «horribles y pegajosos impermeables amarillos», presentaba un lamentable y chorreante aspecto. Magdalena no se atrevió a mirar a las demás. Le bastaba con oír sus lamentos. Así reanudó la marcha, siguiendo a Stewart.


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