Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste La lluvia caía con monótona regularidad. Había pasado la furia de la tormenta, y disminuido en volumen el fragor del trueno. La atmósfera, prodigiosamente clara, había refrescado. Magdalena empezó a sentir una desagradable impresión de frío y humedad. Stewart llevaba un paso más rápido que antes. Observó que Monty iba pegado a los cuartos traseros de Majesty, como apremiándole. Habían perdido mucho tiempo, y el lugar donde proyectaban hacer alto estaba aún muy distante. Los perros comenzaron a remolonear, rezagándose, doloridas las patas. Las agudas y cortantes lascas del camino eran crueles para ellos. Al aumentar su cansancio, Magdalena fue reparando menos en cuanto la rodeaba. El portel era cada vez más empinado y escabroso…, ascensión penosa para jadeantes caballos. La lluvia, menos intensa, se hizo más fría, y a intervalos las ráfagas de un viento glacial azotaban su rostro. Su montura trepaba y trepaba, y los matojos y las prominentes aristas roqueñas desgarraban a cada paso sus húmedas vestiduras. Comenzaba a oscurecer. Se acercaba la noche. Majesty, avanzando lentamente con grandes resoplidos, hacía crujir la húmeda silla. Un movimiento más suave dióle a entender a Magdalena que estaba en terreno llano. Alzando la vista divisó los riscales y las agujas como inmensos tubos de órgano, oscuros en su base y claros hacia sus cúspides. Había cesado la lluvia, pero las ramas de los abetos y de los enebros eran como brazos chorreantes que se tendían hacia ella. Por entre una escotadura de los riscos, Magdalena vislumbró momentáneamente el Oeste. A través de las negruzcas nubes refulgían los rojizos rayos del poniente sol.