Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stewart puso su caballo al trote corto, y Magdalena dejó que Majesty siguiera a su gusto la vereda. Las sombras se acentuaron y los riscos adquirieron un aspecto tétrico y espectral. Un viento frío gemía en las ramas de los árboles. Varios coyotes venteando a los perros les seguían ladrando y aullando en la oscuridad, pero los cansinos animales parecían no darse cuenta de su presencia.
Al caer sobre ellos la noche, Magdalena pudo advertir que a los abetos había sucedido un bosque de pinos. Súbitamente un punto luminoso perforó las negruras, parpadeando y titilando como una estrella solitaria en un cielo de ébano. Lo perdió de vista…, lo volvió a ver… La luz había aumentado de tamaño. Troncos de árbol interceptaron su campo visual. La luz era una fogata. Oyó una canción de cowboys y el salvaje coro de una manada de coyotes. Las gotas de agua que se desprendían de las ramas de los árboles rutilaban a la luz de la hoguera. La talluda figura de Stewart, con el sombrero echado a la cara, se recortaba de vez en cuando contra el creciente círculo luminoso. Y a favor de esa luz le vio Magdalena cada vez que volvía la cabeza, sin duda para cerciorarse de que ella estaba cerca.