Bajo el cielo del oeste

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Después, y con Florencia ayudando a las mejicanas, no tardaron mucho Magdalena y la sección femenina de la partida en sentirse confortadas, excepto por lo que respecta al cansancio y quebrantamiento de huesos, que tan sólo el descanso y el sueño podían aliviar.

Ni la fatiga, ni los dolores, ni el hecho insólito de verse apretados como sardinas bajo una tienda de lona, ni los aullidos de los coyotes, fueron obstáculo para que los huéspedes de Magdalena se tendiesen con hondos suspiros de contento, sumiéndose uno tras otro en profundo sopor. Magdalena cuchicheó un momento con Florencia, riéndose con ella de algún sucedido, y luego la temblorosa luz del recinto se fue nublando y sus ojos se cerraron. La oscuridad…, la extrañeza de la vida de campamento…, las apagadas voces hombrunas…, el piafar de caballos…, la serenata de los coyotes…, la sensación de calor y de inefable reposo…, y todo se desvaneció.

Cuando Magdalena abrió los ojos, la sombra de las ramas agitadas por el viento se proyectaba en la lona, sobre su cabeza. Fuera de los vibrantes golpes de un hacha, no oyó ningún otro ruido del exterior. Lento y regular murmullo de respiraciones atestiguaba el profundo sueño de sus compañeros. Observó que Florencia no estaba entre ellos. Levantándose, Magdalena asomó la cabeza por entre los faldones de la tienda.


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