Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El fresco aire con una fragancia de pino y abeto y un indefinible aroma, dulce y tónico, impulsaba a Magdalena a erguirse y a respirar lenta y profundamente. Era como beber un mágico elixir. Lo notaba en la aceleración del curso de su sangre. Volviéndose para mirar en otra dirección, más allá de la tienda, vio restos del campamento improvisado la vÃspera, y más lejos, un bosque de bellÃsimos pinos del que procedÃa el metálico sonido del hacha. Extendiendo su mirada abarcó un maravilloso parque, circundado no sólo de altÃsimos riscos, sino también de otros de más reducidas proporciones, algunos de ellos destacando sus picos por encima del verde oscuro de los macizos de árboles. El sol matutino, oculto aún detrás de las elevaciones del Este, lanzaba sus rosados rayos por entre las rocas y a través de las copas de los pinos.