Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena, con los perros al lado, se dirigió a la arboleda más próxima. El suelo, mullido y suave, estaba cubierto de agujas de pino. Luego vio lo que un macizo de árboles había ocultado a su vista, la parte más pintoresca de aquel parque natural. Los cowboys habían escogido un sitio donde gozasen de sol por la mañana y de sombra por la tarde. Habíanse levantado ya varias tiendas con sus mosquiteros; veíase un gran cobertizo hecho de ramas de pino; algunos cowboys se afanaban alrededor de diferentes hogueras; las pilas de provisiones estaban cubiertas con unas lonas, y los camastros aparecían enrollados al pie de los árboles. El claro era una especie de ondulante prado, con algunos árboles aislados allá y acullá, y otros formando círculos. Paulatinamente, el terreno iba empinándose a través de mesetas herbosas hasta las inmensas torres pétreas de quinientos pies de altura, tras de las que se alzaban otros riscos. De un hontanar fresco y musgoso nacía un claro y parlero manantial, cuyas márgenes ornaban millares de flores silvestres. En el prado, la hierba, que se mecía a impulsos de la brisa, les llegaba a los caballos a la altura de la rodilla.
Florencia espió a Magdalena bajo los árboles y se acercó corriendo. Parecía una muchachita, rebosando vida y color y alegría. Llevaba blusa de franela, falda de pana y mocasines, y el cabello recogido bajo una banda, a la usanza india.