Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Antes de que los invitados despertasen, dejaron listo el campamento. Magdalena y Florencia disponían de una tienda bajo los pinos, mas se propusieron no utilizarla a no obligarles a ello la inclemencia del tiempo. Extendieron un encerado en el suelo, hicieron sobre él su lecho, y decidieron dormir al raso bajo la luz de las estrellas. Luego, llevando consigo a los perros, salieron a explorar. El parque resultó ser, con gran sorpresa de Magdalena, no un reducido claro entre los riscos, sino una considerable planicie que se extendía más allá del límite que ellos habían calculado recorrer. En realidad era una serie de parques, de pequeños valles rodeados de grises picachos. Al avanzar el día, el encanto del lugar se fue adueñando de Magdalena; aun a las doce, con el sol batiendo de plano sobre ellos, la atmósfera estaba más bien confortablemente caldeada que calurosa. Era la clase de temperatura que se disfruta en primavera. Y el aire fino, sutil, enrarecido, la afectaba extrañamente. Inspiraba profundas bocanadas hasta sentirse el cerebro despejado, ligero, como si su cuerpo careciese de substantividad y pudiera verse llevado por el viento como un vilano. Súbitamente, la invadió un irresistible sopor, una extraña languidez, y, tendiéndose debajo de un pino con la cabeza apoyada en Florencia, quedóse profundamente dormida. Cuando abrió los ojos las sombras de los riscos se alargaban hacia el Oeste, y por entre ellos pasaba un raudal de luz de un rojo dorado. Era el sol que perdía su fuego. Estaba muy entrada la tarde. Magdalena se incorporó. Florencia leía perezosamente. Las dos sirvientas mejicanas se entregaban a sus quehaceres en el rincón donde estaba instalado el inmenso fogón de piedras. No había nadie a la vista.