Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Volvieron al campamento al caer de la tarde, y alegremente se acomodaron en torno a la hoguera. Mas los invitados de Magdalena no tardaron en ceder de nuevo al persistente e irresistible deseo de dormir.

La joven marchó a poco con Florencia a su yacija bajo los pinos. Russ se echó a uno de sus lados y Tartar al otro. La fresca brisa nocturna soplaba en torno de ella, acariciándole el rostro, agitando su cabello. No tenía fuerza bastante para producir rumor alguno entre las ramas, pero sí para agitar con sedeño crujido la talluda hierba. Los coyotes reanudaron su tétrico aullido. Russ engalló la cabeza, ladrando ante su audacia.

Echada de cara al cielo, parecióle a Magdalena que jamás conseguiría dormirse bajo aquellos maravillosos astros blancos, que titilando, parpadeando por entre la trama de ramaje y agujas de los pinos, daban la impresión de estar muy próximos… Desvió la vista hacia el claro, donde una gran extensión de firmamento rutilaba bajo la luz de millares de estrellas, que cuanto más miraba mayores le parecían y más numerosas.

Estaba convencida de que había logrado sentir una verdadera atracción por todas las cosas físicas que provocaban en su espíritu una sensación de belleza, misterio o potencia; pero más que cosa alguna la atraían aquellas estrellas occidentales, sin duda por un presentimiento de la influencia que habrían de ejercer en su destino.


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