Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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En cierto modo, Castleton era el mejor elemento de la partida. Su absurda estatura y la tremenda desproporción entre sus aptitudes y lo que su apariencia autorizaba a pensar de él, le hacían simpático. Montaba, escalaba riscos, cazaba, andaba como el que más. Su afición a cooperar en las faenas del campamento era tan decidida, que los cowboys no sabían cómo quitárselo de encima. Tenía insaciable afán por ejecutar cuanto ofreciese para él alguna novedad. Los muchachos le hacían innumerables jugarretas, de las que jamás supo darse cuenta. Era serio, lento de palabra y absolutamente imperturbable. Y si este último atributo podía pasar como una muestra de buen humor, había que decir que el suyo era inalterable. Poco a poco los cowboys le fueron comprendiendo y estimando, y cuando concedían su estimación a un hombre no era nunca a la ligera. Más de una vez había deplorado Magdalena el modo que tenían de tratar a Boyd Harvey. Con Castleton, en cambio, acabaron por sentirse muy amigos. Aunque ni el uno ni los otros diéronse cuenta de ello. De todos modos, era un hecho, y un hecho debido a que el inglés era todo un hombre en el único sentido en que los cowboys podían interpretar la palabra. Cuando tras incontables tentativas consiguió echar el diamond-hitch a un hatero, los muchachos empezaron a respetarle. Para adueñarse de sus corazones. Castleton no precisaba más que adquirir la práctica necesaria para montar un bronco resabiado. Uno de los cowboys tenía un bronco al que llamaban Diablo. Día tras día, durante una semana entera, el Diablo arrastró al inglés por todo el parque, destrozando su ropa, baqueteándole de mala manera, coceándole cuando lo tenía en el suelo. Con sincera solicitud los cowboys intentaron persuadirle de que renunciase a su propósito; detalle ya de por sí digno de mención, porque el espectáculo de un lord inglés zarandeado por un bronco indómito era de aquellos que un hijo del Oeste habría venido de muy lejos para presenciarlo. Cada vez que el Diablo desarzonaba a Castleton los cowboys se retorcían de gozo. Pero el inglés no conocía el sentido de la palabra «fracaso», y llegó un día en que el Diablo no consiguió derribarle. Fue un insólito acontecimiento contemplar a los cowboys alinearse para estrechar la mano al impertérrito Castleton. Incluso Stewart, que había seguido de lejos la contienda, se acercó a él con una cálida y placentera sonrisa en su adusto rostro. Cuando el triunfador se retiró a la tienda, la conversación entre los muchachos fue muy característica y de un tono muy distinto al de su primitivo chungueo.


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