Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Con marcada complacencia reconoció Magdalena que su estimación por Castleton se acentuaba, gracias a los rasgos de su carácter que la convivencia con los cowboys ponÃa tan de manifiesto. Por otra parte, gustaba de los cowboys más que antes por alguna particularidad que su contacto con los del Este habÃa puesto de relieve. Esto era especialmente verdad en el caso de Stewart. Se habÃa equivocado de medio a medio al suponerle fácil vÃctima de los ojos de Dorotea o de los atractivos de Elena. Era amable, servicial, cortés y observador. Pero se mostraba insensible. No veÃa los encantos de Dorotea, ni sentÃa la fascinación de Elena. Y eso que los esfuerzos de ambas por cautivarle eran tan manifiestos que la señora Beck los censuraba; Edita sonreÃa maliciosamente. Bobby y Boyd se permitÃan picarescas observaciones. Todo lo cual herÃa en lo más vivo el orgullo de Elena y la vanidad de Dorotea. Cambiando de táctica se lanzaron a la franca y abierta conquista de Stewart, y asà vino a acaecer que, inconscientemente, Magdalena concedió al cowboy un lugar en su espÃritu que jamás habÃa ocupado hombre alguno. En cuanto descubrió la razón de que Stewart se mostrase refractario a las zalamerÃas de sus amigas, apartó la asombrosa y perturbadora idea de su mente. Sin embargo, era humana y era mujer, y no podÃa sustraerse a una Ãntima sensación de complacencia ante el chasco de las dos coquetas.