Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Indudablemente el trabajo contribuye mucho a la felicidad individual —asintió Magdalena—. Nadie puede ser feliz si no trabaja. En cuanto a lo demás y por lo que a mí se refiere… poco puedo decirte. No he intentado nunca condensarlo en palabras. Reconozco con franqueza que a no haber dispuesto de capital suficiente no habría hallado aquí tal contentamiento. No lo tomes como una censura contra el Oeste; pero de haber carecido de medios no habría podido adquirir mi rancho y sostenerlo. Stillwell me asegura que, si bien hay haciendas mayores que la mía, no sabe de ninguna comparable a ésta. Luego, el negocio cubre casi todos mis gastos. ¡Figúrate! En vez de derrochar mi renta, la estoy ahorrando. Supongo…, creo que realizo algo útil. He contribuido a mejorar un poco la mísera condición de los mejicanos…, a aliviar en algo las penalidades de un puñado de cowboys. Por lo demás, mi vida se desliza como un sueño. Claro que el rancho, y las pampas son reales, como mis cowboys son típicos. Si te dijese lo que siento respecto a ellos, equivaldría a decir cómo juzga Magdalena Hammond el Oeste. Ellos pertenecen realmente al Oeste. La extraña soy yo, como extraño es lo que por ellos siento. Por eso te aconsejo, Edita, que te atengas a tus propias impresiones.




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