Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Oh! ¡Es magnÃfico! No creas que pretendo denigrarlo, querida —prosiguió Edita—. Este viaje ha sido para mà una revelación. Cuando llegué no quise decirte que estaba enferma, Majestad. Hoy me encuentro restablecida. ¡Y tan restablecida! Elena está en igual caso. Al llegar aquà parecÃa una sombra, y ahora, ya lo yes, está curtida por el sol, fuerte y más bella que nunca. Aunque sólo fuese por el generoso donativo de salud amarÃa el Oeste. Pero… he llegado a amarle por otras causas…, espirituales algunas de ellas. Te he estudiado a fondo, Majestad. He visto y he sentido lo que esta vida ha hecho de ti. Cuando llegué, me maravilló tu energÃa, tu entereza, tu sereno contento, y quedé aturdida, perpleja, sin adivinar la causa de tu cambio. Hoy lo sé. Estabas hastiada del ocio, de la vida inútil, de la sociedad…, hastiada de los horribles ruidos y hedores y contactos, imposibles de rehuir hoy dÃa en una ciudad. Yo también lo estoy, y podrÃa citarte no pocas mujeres de nuestra esfera que sufren de igual modo. Tú has hecho lo que muchas de nosotras anhelamos hacer, pero que no tenemos bastante valor para ello. Lo has abandonado todo. No soy tan ciega que no vea el espléndido cambio que has aportado a tu vida. Aun sin decÃrmelo tu hermano, habrÃa descubierto por mà misma todo el bien que has prodigado entre los mejicanos y ganaderos de tus pampas. Además, tienes algo que hacer. En gran parte, es ése el secreto de tu dicha, ¿verdad? Dime algo de lo que esto representa para ti.