Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena concedió su aquiescencia, con una sonrisa.
—Esta noche, durante la velada, cuando todos hayan desembuchado ya sus cuentos y se produzca un rato de calma, quisiera que usted, asÃ, como si no le diera importancia, me dijese: «Monty, ya que por lo visto ha corrido más aventuras que todos esos vaqueros juntos, cuéntenos la más terrible de cuantas recuerda». ¿Quiere usted hacerlo, señorita Hammond? Pero… que parezca sincero…
—Desde luego, Monty. Asà lo haré —accedió Magdalena.
Su atezado y macilento rostro no tenÃa más animación ni color que los de un pedazo de roca volcánica, al que se asemejaba. Magdalena comprendió lo monstruoso que a Dorotea debÃa parecerle aquel requemado y disforme semblante, lo absurdo que a una mujer de refinada sensibilidad habÃa de resultar aquel hombrecillo. Ella misma experimentaba cierta dificultad en mirarle cara a cara, mas sabÃa ver detrás de la careta, y en las pupilas de Monty vio chispear al malicioso diablejo de su sano espÃritu chancero.
Fiel a su palabra, Magdalena aprovechó durante la velada un instante oportuno, cuando la conversación decaÃa y sólo el prolongado aullido de los coyotes quebraba el silencio. Volviéndose hacia el cowboy: