Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Monty sentíase orgulloso de la facilidad que súbitamente se había revelado en él. Antiguamente era muy raro verle desplegar los labios en presencia de desconocidos. Desde que su supremacía en el golf reveló su talento, Monty desarrolló más de un rasgo singular y latente. Sentíase tan envanecido y tan finchado de su capacidad de mentir como si se tratase de virtud penosamente adquirida. Algunos cowboys le envidiaban porque atraía la atención y, al parecer, la admiración de las damas. Nels también sentía celos, no porque Monty se pintase a sí mismo como prodigioso gunman, sino por su facilidad para narrar historias. Nels había sido en realidad el héroe de cien contiendas, pero jamás se le había oído mencionarlas. Los admirables ojos de Dorotea y la sonrisa de Elena turbaban su modestia. En cuanto Monty comenzaba a hablar, Nels refunfuñaba, sacudía su pipa contra un tronco, y hacía gestos de querer retirarse para no tener que escuchar… aunque siempre se quedaba hasta el final. No le habrían despegado de allí ni a tiros.
Una tarde, hacia el crepúsculo, Magdalena, al salir de su tienda, se encontró con Monty, que a todas luces estaba al atisbo. Con gran alarde de misteriosos guiños, ademanes y murmullos, se la llevó algo aparte.
—Señorita Hammond, voy a atreverme a pedirle un favor —dijo.