Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Nels exhaló una inmensa bocanada de humo, como si quisiera ocultarse a la vista de los demás. Monty reflexionó, y cuando se hubo disipado la humareda, interpeló a su camarada:
—Escucha, viejo. Tú y yo hemos pasado lo nuestro en el Panhandle… hace más de treinta años…
—Debió de ser con mi padre, Monty… —interrumpió rudamente Nels—. Yo no soy tan viejo.
—Quizá haga menos tiempo… En todo caso, Nels, recordarás a aquellos tres ladrones de caballos que ahorqué de un abeto… y la bellÃsima rubia que conseguà rescatar de las garras de una cuadrilla de facinerosos que habÃan degollado a su padre, al viejo Bill Warren, el trampero… A tu juicio, ¿cuál de los dos casos fue más horroroso?
—Monty…, tengo una memoria que da grima —replicó el inconmovible Nels.
—¡Cuéntenos usted lo de la rubia! —gritaron al menos tres de las damas.
Dorotea, que ya habÃa pasado una horrible noche de pesadillas a causa de una historia por el estilo, miró suplicante al cowboy para que le evitase una repetición.
—Vaya por la rubia —dijo Monty, retrepándose en su asiento—, aunque no juzgue su historia por la más horrible de las dos y vaya eso a despertar en mi pecho tiernos recuerdos que creà dormidos para siempre.