Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste La hermana de Florencia, la mayor de las dos, era mujer corpulenta, de facciones enérgicas y mirar reposado. Ofrecieron a su huésped una comida sencilla y un servicio todavía más sencillo, sin creerse obligadas a excusarse por ello. Su sencillez parecióle encantadora a Magdalena. Sentíase harta de respetos, asqueada de admiraciones, cansada de adulaciones. Y resultábale grato el ver que aquellas mujeres la trataban como probablemente habrían tratado a cualquier otro visitante. Eran amables, bondadosas, y lo que en un principio calificó de falta de expresión o de vitalidad, pronto descubrió que era la natural reserva de quienes no llevan una existencia superficial. Florencia era vivaracha y franca; su hermana, seria y poco dada a la conversación. Magdalena pensó que en caso de enfermedad o de desgracia, gustaría de tenerlas a su lado. Y se reprochó a sí misma el enfadoso e hipercrítico sentido de refinamiento que le impedía distinguir los defectos de que adolecían.