Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Hará usted lo posible por evitarme nuevos disgustos, ¿verdad?
Su ronca respuesta fue incoherente, pero bastóle a Magdalena ver su rostro atormentado para comprender su remordimiento y gratitud.
La joven volvió a su habitación; poco después entró Florencia a buscarla, saliendo juntas a desayunarse. La luz de la mañana permitió a Magdalena reconstruir la impresión que formara de la amiga de su hermano. Parecía sana, y de carácter franco y dulce. Su lento acento sudeño era grato al oído. Y la intrigaba no poder determinar si Florencia Kingsley era linda o llamativa o nada vulgar. Tenía un juvenil colorido sonrosado, la tez ligeramente curtida por el sol, un rostro que carecía de las curvas suaves y los rasgos de la mujer del Este. Sus ojos eran de un gris claro, como el cristal, vivos, casi penetrantes, y su cabello era una bellísima masa, brillante y ondulada.